El amor es un puto silencio


No éramos «novios» pero tenía la mala costumbre de venir a dormir a mi cama. Una noche, ella llegó muy cansada, se acomodó entre mis sabanas y no hizo mucho más. Habíamos quedado después de bastante tiempo sin vernos, ya que nuestros dispares horarios laborales nos impidieron hacerlo antes.

Mientras ella dormía, yo estuve trabajando enfrente del ordenador. No se movió en toda la noche y ni siquiera hizo un ruidito al respirar. A veces, yo miraba hacia atrás para ver su silueta en el edredón. De alguna forma, verla ahí, sin hacer nada, me hacía feliz.

En ese momento lo comprendí todo, y un calambre me atizó el pecho. ¡Y no era para menos! Me di cuenta de que ese, ese maldito silencio, era el amor.

Siempre nos contaron que había un hilo invisible que conecta a las personas. Puede que así sea, pero en este caso no. No había cuerda ni hebra que pudiera imaginar. Era un puto y caprichoso silencio el que me ataba a ella.

El amor no era decirle en un susurro que la quería, ni siquiera sentir aquel deseo inmenso de estar en su piel. No era pensar en ella constantemente ni hacer todo lo posible para verla feliz. No era llenar mi “insta” de fotos en pareja, ni follar como conejos en cualquier rincón. ¡Eso lo podía hacer con cualquiera! Pero sentir aquello, sentir tanto un silencio, no me había ocurrido nunca.

Estando junto a ella apreciaba una paz, una armonía callada, inevitable, que ni siquiera compuse yo; que tampoco elegí y llegó sin avisar. Algo que no se podía ver ni tocar, pero que estaba ahí, de alguna forma, y me hacía sentirme humano. El amor era… ¡era ese puto silencio! El que va por ahí enredando almas, a unas más que a otras. Aquello que complica las cosas o las hace maravillosas. Un ente extralingüístico que no se podía explicar con palabras y que colmaba la cima de mi pensamiento.

Dejé de darle vueltas al asunto y apagué la pantalla. Destapé la sábana con cuidado, para no despertarla, y me acurruqué junto a ella. Comprendí que ese era el amor: una necesidad de tenerla a mi lado, sin hacer nada, que tanto me llenaba. Y eso era un gran problema.

Inspiré profundamente. La abracé, cerré los ojos y dejé escapar una lágrima. De antemano, yo sabía que su olor no duraría mucho más en mi cama. 

Porque ella, estando conmigo, no escuchó ese silencio. En su alma había un ruido que nunca pude apagar.





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